Me inclino a tu boca para besar la tierra, quiero que tus labios se apeguen a mis labios como una enredadera
querida lengua de vainilla
con corazón rojo;
anhélame, retiéneme, ámame. Sumérgeme en ti,
en tu nido de vértigo y caricia,
quemándome la voz como con hielo
sin el como
y con golpes de azufre y amapolas.
Muerdo de tu carne,
a escondidas
te persigo en un túnel roto,
no vaya a ser que vuelvas a tus orígenes y la cúpula dura se decida a temblar.
Estoy tan feliz que adorno mi conciencia con bellas guirnaldas mojadas por la lluvia,
cabalgo jinetes negros
en busca de la cacería a la que huelen tus ojos
cacería humilde que agujerea pechos,
salvándome con un fogonazo de luces en cualquier apagón,
en cualquier noche oscura.
Siendo así la salida de emergencia del dolor y la principal hacia el paraíso
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